CRÍTICA

EL HOMBRE QUE VIO DEMASIADO (Dir. Trisha Ziff, 2015).

Por:  Daniel Aguilar Torres  @taco_mutante

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Fotograma: El hombre que vio demasiado.

Últimos días para ver en línea este gran documental sobre el fotógrafo de nota roja Enrique Metinides.

Marina Azahua cierra su libro Retrato Involuntario, una excelente colección de ensayos sobre la fotografía como agresión y reproducción de la violencia, escribiendo: “mucho se critica al que se detiene a mirar a los muertos. Peor, considero yo, sería que nadie los mirara. Sería entonces como si nunca hubieran muerto y, por tanto, como si nunca hubieran vivido.

Los mirones, aquellos que sin tener vela en el entierro reducen la marcha y estiran el cuello para poder ver mejor la sangre y el humo durante accidentes y hechos violentos, son el centro (incluso más que las víctimas) de varias de las fotografías de Enrique Metinides, protagonista de El hombre que vio demasiado (2015, dir. Trisha Ziff). Podríamos decir que él mismo, el fotógrafo de nota policiaca más famoso de México y el mundo, es justamente eso: un mirón.

El documental repasa los casi 50 años de carrera de Metinides a través de las historias detrás de algunas de sus imágenes más icónicas, que ya forman parte del imaginario colectivo de la Ciudad de México. Entre choques y destripamientos, sus fotografías develan con mórbida belleza la fragilidad de la condición humana. Ziff, cuya particular obra ha girado exclusivamente alrededor de la fotografía (también recomendables Witkin & Witkin y La maleta mexicana; aún por ver, su ópera prima Chevolution) sabe que ninguna mirada es neutral y permite que la personalidad y vivencias de Metinides influyan en cómo leemos su trabajo durante la película, en donde las fotos y su autor son punto de partida para reflexionar la construcción de realidades a partir de las imágenes violentas que creamos y observamos.

Para esto, su mejor herramienta es el contraste y queda claro en su secuencia inicial: la producción masiva de ataúdes y las prensas horneando el periódico matutino forman un mismo proceso que se alimenta mutuamente. Ziff permite que el ritmo narrativo fluya y el contenido se complejice a través de superposiciones: la mirada del fotógrafo (aunque él no se denomine así) sobre los testimonios de los fotografiados, la oposición del Metinides-niño captando decapitados contra el Metinides-anciano coleccionista de figuritas de ranas.

La propia mirada de la directora llega a contrastar con la del protagonista, sin resultar por ello irrespetuosa. Ante el agotamiento de, como reza el título, haber visto cosas que exceden la capacidad humana (“hasta 40 cadáveres diarios”, dice), Metinides se pronuncia a favor de que no todo se haga público, para evitar que el miedo sea un arma de control. Ziff, sin embargo, parece sí buscar dar la imagen completa (para ver ejemplo de ello, no quite la cinta hasta terminados los créditos) no para asustar, sino para cuestionar, y lo hace a través de todos los recursos cinematográficos a su alcance, construyendo una película rica en capas de lenguaje y reflexión.

Contrastan, también, los tiempos. Las imágenes recogidas por ese hombre que vio demasiado remiten a otra época, cuando el país estaba menos industrializado (hay una pequeña pero poderosa secuencia donde las imágenes son sostenidas ante las mismas calles donde fueron tomadas tras décadas de transformación) y la violencia, menos inmersa en la vida nacional. No que fuera menos recurrente ni menos condenable, pero resalta por obvia la ruptura entre un antes y un después del narcotráfico.

Hablamos, casi, de una nostalgia por años en los que la muerte nos era menos real, menos digerible, y el impulso de ver imágenes de nota roja no era sólo morbosa (invoco aquí la Tesis de Amenábar como un relevante trabajo cinematográfico sobre el morbo), sino una búsqueda por reconocer y comprender en esos cuerpos tendidos por las aceras nuestra propia mortandad, nuestra propia existencia. Donde las “pequeñas tragedias” (la explosión de una pipa de gas, por ejemplo) podían ser sólo eso y su registro fotográfico hacía cumplir entonces la encomienda de perpetuar con la reproducción de su muerte, la existencia de los vivos.

Hoy, las “pequeñas tragedias” en México no escapan a ser una nota al pie de las tragedias absolutas que son la violencia feminicida y el crimen organizado. Narcoviolencia que ataca directamente a los reporteros, tema que aquí se aborda y acaba por desarrollarse por Elpida Nikou y Rodrigo Hernández en el documental Disparos (2018) [sobre el que publicamos algunas líneas aquí].

En el mismo libro citado al inicio, se habla de la foto de una mujer asesinada en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 (donde el propio Metinides estuvo presente). En 1971, Stan Brakhage filmó uno de los mejores y más gráficos documentales de los que haya memoria: The act of seeing with one’s own eyes, que muestra la literal de/construcción de cuerpos humanos en una morgue de Pittsburgh. En los noventas, Brain Damage Films empieza la distribución de una serie de videocasetes snuff titulada Traces of death, donde retoman verdaderas imágenes hiperviolentas de noticieros y archivos policiales, exponiendo un mercado (ya ni siquiera subterráneo) prácticamente pornográfico de la violencia, que está tan al alcance de la mano como teclear elblogdelnarcopuntocom o ir a la tienda de la esquina a comprar el ¡Alarma!

¿Por qué, entonces, las imágenes que produjeron Metinides y Brakhage no fueron retomadas por ese mercado? Porque la neutralidad es una falacia. Porque ese acto de ver no puede separarse de la mirada de quien lo ejerce. Y el creciente fast food del sufrimiento ajeno no vende tanto cadáveres como sí vende miradas explotativas sobre cadáveres. Y los muertos de este par, por gráficos que sean, no dan cabida a la irreflexión del consumo capitalista porque comparten una búsqueda de la fragilidad humana. Como dice Azahua sobre aquella foto del ’68, “las fotos de difuntos, particularmente, fungen como recordatorio de que todos moriremos. Las imágenes que retratan con crudeza la violencia humana sirven de evidencia para protegernos del olvido, pero también sirven para recordarnos que todos pudimos haber sido a los muertos que ahora vemos. Y también los ejecutores.

El hombre que vio demasiado se encuentra gratis en línea hasta el 20 de abril en el sitio del Festival Internacional de Cine de Morelia. Da clic aquí para verlo.

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